O en “Como si fuera la primera vez”, con protagonistas, por lejos, menos facheros

O en “Como si fuera la primera vez”, con protagonistas, por lejos, menos facheros.
Como si no fuera lo suficientemente perjudicial para nuestra salud mental vivir en una sociedad precarizada, angustiada, empobrecida y alienada, la semana pasada el Senado aprobó en general la reforma de la Ley Nacional de Salud Mental. La propuesta fue impulsada por el gobierno de Javier Milei y festejada por su frenemy, Patricia Bullrich.
Ahora, el nuevo proyecto deberá ir a la Cámara de Diputados para continuar su tratamiento. Si bien el grueso de la sociedad se mantuvo indiferente o ni siquiera se enteró de la noticia, la cuestión debería preocupar mucho más a los ciudadanos y, en consecuencia, a sus representantes, quienes en su mayoría (no todos los funcionarios, pero siempre un funcionario) se ofuscaron más por quién debe garantizar los recursos económicos para sostener las condiciones del nuevo proyecto de ley, que por su contenido.
La reforma parece estar en la urgencia de muy pocos funcionarios, contados con los dedos de las manos. Entre la indiferencia de los medios de comunicación y las negociaciones entre el oficialismo y la oposición en el Senado, quedó diluida media posibilidad de un futuro mejor.
La pregunta que deja la media sanción no es solamente cómo internar a quienes atraviesan una crisis, ni cómo se define ésta, sino qué Estado y qué sistema de salud existen para evitar que esa crisis sea la única puerta de entrada a la atención. Los problemas agudos de salud mental se incrementaron en nuestro país de forma abrupta en los últimos años.
Según un informe realizado por 14 provincias, que representan más de 70% de la población del país, las consultas ambulatorias por salud mental crecieron un 23 por ciento y entre 2023 y 2026 se incrementaron un 42 por ciento las internaciones, con una suba del 12 por ciento sólo durante el último año.
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